
“Cuenta la leyenda que el Señor de la Luz fue desmembrado y diseminado por las tinieblas… y el Alma del Mundo, en la noche oscura del exilio, cubierta de cenizas y nostalgia, lo busca incansablemente en su barca por el río de los tiempos… Habiendo construido un arca en los misterios de la Iniciación, la reina celeste navega reuniendo uno a uno los fragmentos perdidos de la unidad. Y penetrada por el rayo deslumbrante de la sabiduría divina, concibe al Verbo luminoso… Develando los jeroglíficos del mundo de las formas, comprendiendo las claves del lenguaje olvidado del símbolo, reconstruye al fin la Magna Doctrina, y conjura con amor invencible la resurrección gloriosa de la Luz…”
El mito de Isis y Osiris nos sugiere con su magia evocadora y poética, como el alma separada del Espíritu necesita de una particular iniciación para reencontrar su unidad perdida y que los misterios del mundo de las formas (Isis velada) deben ser develados a través del Verbo luminoso, divino mediador que nos permite retornar a la Luz. Para develar las formas y conocer los significados o principios abstractos que las sustentan, el alma debe poder reconstruir y religar los fragmentos de la sabiduría olvidada, la Magna Doctrina.
El alma exiliada en la percepción mundana, en significados y valores ilusorios que sostienen un hechizo de extrema identificación sensorial y material, sin recuerdo del espíritu, está adormilada en las llamadas “influencias de tipo A”, dadas a través de los medios de comunicación masiva, el arte y la ciencia ordinarias, que sólo otorgan credibilidad a un sistema perceptual condicionado al que llaman “la realidad”.
Otros significados superiores sobre la existencia, que despiertan la intuición de principios abstractos o arquetipos universales, llegan a través de las “influencias de tipo B”.
Las “influencias de tipo C”, dadas directamente por las escuelas de conocimiento, como todos los textos sagrados de las diferentes culturas, al pasar al mundo sufrieron una desnaturalización y de esa forma se transformaron en “influencias B”. Gracias a este tipo de influencias puede formarse un centro de atracción magnética, una especie de sensor emocional que sabe reconocer escalas y puede establecer diferencias de nivel entre los significados del mundo ordinario y los que provienen de un nivel superior. Este centro magnético permitirá al individuo contactarse con escuelas de la Tradición y llegar a recibir las “influencias de tipo C”, emanadas directamente de un iniciado para propiciar la evolución del ser. Como una vela encendida puede encender otra vela, sólo el espíritu de un iniciado puede transmitir directamente la influencia C.
Las “influencias de tipo B” fueron originalmente emanadas por el círculo interno de la humanidad y luego más o menos desnaturalizadas por el paso del tiempo y el progresivo alejamiento del centro irradiante conciente que les dio origen. Todos los textos sobre sexualidad, por ejemplo, sufrieron una degeneración, no ha llegado nada de “influencia B” en su estructura. Sin embargo también han sobrevivido joyas, como el I Ching, que es una “influencia B” muy natural y genuina.
Acorde a la necesidad de nutrir un tiempo con la “influencia B” faltante en un contexto histórico cultural, el círculo conciente de la humanidad vuelve entonces periódicamente a recrear un lenguaje que impresione una época para irradiar la Magna Doctrina, que es por esencia eterna y universal. Cuando el paso del tiempo obra la mecanización de una influencia y la palabra viva se transforma en muerta, los “recolectores de miel” saben extraer de los escombros arqueológicos desnaturalizados lo puro de lo puro, un extracto púrpura que opere la vivificación espiritual del verbo.
Los escribas de textos sagrados de la antigüedad, tenían el oficio de perpetuar mediante la escritura, los senderos de conocimiento que la iniciación vivificaba, las revelaciones del Verbo, que al modo de perlas únicas e inestimables eran rescatadas del océano de sabiduría y legadas a las generaciones futuras en eslabones indisolubles de transmisión. En China eran llamados “Yu”, en Medio Oriente denominados “sarman” o “recolectores de miel”, en Egipto eran los “hierográmatas” del templo, tutelados por Hermes Toth. Su misión sagrada ha contribuido a lo largo de los siglos a forjar la cadena mágica ininterrumpida de la “Tradición” o “Gran Enseñanza”.
Los “recolectores de miel” son iniciados que poseen las claves arquetípicas para el discernimiento objetivo de las Ideas y tienen el poder de vivificar la letra muerta de los fragmentos que sobreviven entre las ruinas de la confusión de lenguas… y pueden reconstruirlos, transformándolos en letra viva o luz verbalizada… Confucio, por ejemplo, el Yu o letrado por excelencia, en la China de cinco siglos antes de Cristo, comprendía que la palabra regía la realidad y había advertido en su cultura decadente que los significados reales no encajaban en los nombres y por lo tanto resultaba imprescindible para transformar su sociedad e iluminarla con las leyes morales derivadas del Cielo, “rectificar los nombres”. Y se convirtió en un infatigable restaurador que rescataba los modelos puros de las buenas épocas, pero que fundamentalmente tenía la capacidad de “adentrarse en sí mismo” y encontrar como en un depósito sagrado “el legado del Cielo”. Ése es el secreto de la vivificación de la letra muerta: que vuelva a encenderse el fuego sagrado de la iniciación: la encarnación misma del Verbo…
Pero en los tiempos actuales se ha llegado al máximo encumbramiento de la oscuridad en un mundo materialista y escéptico, olvidado del Espíritu, que ha profanado la palabra sagrada. Y ésta aparece sepultada, desmembrada y desnaturalizada entre los escombros de las torres destruidas de la cultura. La humanidad está pronunciando en su ignorancia fatal, el verbo divino al revés, y en su extrema identificación sensorial el hombre externamente dirigido acaba esclavizado por las conclusiones equivocadas de su verbo oscuro, en un peligroso sendero autodestructivo.
Para reconstruir la unidad luminosa de la gran Enseñanza debe haberse recuperado la totalidad armonizada del “continuum energético”, volviendo a pronunciar el nombre de Dios en su orden jerárquico y analógico, refundando el mundo por la Alta Magia. Partiendo desde la “recta fe”, en los planos cognoscitivos más sutiles y abstractos de la luz espiritual, hasta la organización del cuerpo mental concreto, el “recto pensar” y el “recto hablar”, encendiendo en el alma el anhelo numínico de los arquetipos, evocando a través del arte del juglar la danza mágica de los dioses, y plasmando el Verbo luminoso en una matriz etérica, a través del ensueño de la Leyenda, del Mito, en una imaginación nítida, que se consuma en el mundo de la forma en un “recto obrar”, un “recto modo de vivir”, un “recto esfuerzo”, una “recta atención” y una “recta concentración”, en el contexto de una auténtica Taumaturgia que cure el cuerpo y se armonice con el medio consumando una vida íntegra y feliz. Esta es la escala santa, la antigua escala de Jacob que rescata cada uno de los peldaños de la Gran Enseñanza para poder religar la tierra con el Cielo, vivificando cada peldaño por su ciencia y sus prácticas. Como dijo el Buda:
“El discípulo sabrá reunir hábilmente los versos de la Gran Enseñanza como quien teje guirnaldas de flores.”
Cada profeta ha dejado, como símbolo del espíritu individual o “sí mismo” sumido en el Gran Espíritu, una huella áurea para que la humanidad perdida en una época oscura, transite hacia su destino luminoso. Pero cada uno de ellos simboliza funciones o puertas diferentes del continuum energético, como si un plan preconcebido nos llevara hoy a la necesidad de reconstrucción e integración de todas las claves cognoscitivas y metodológicas para la armonización del ser.

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